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La familia del futuro

La familia del futuro

Por Marisol Zimbrón Flores

Es evidente que la tendencia general del ser humano es la formación de una pareja que, eventualmente, pueda convertirse en familia; sin embargo, la configuración y las formas de convivencia de la pareja tal como se concebía, ha cambiado.

Se trata de un proceso evolutivo que se desarrolla a partir de extremos. “Como tal, desembocará en una síntesis adaptativa y prevalecerán aquellas conductas y modelos que demuestren ser funcionales y ventajosos tanto para el desarrollo personal como social”.

Para comprender este proceso y el momento en el que nos encontramos, primero se debe considerar el contexto sociocultural. En ese sentido, la lógica de la vida contemporánea en la sociedad occidental supone la necesidad de compartir responsabilidades, lo cual entraña la modificación de las tareas y la dinámica de la pareja, como unidad.

El origen de este tipo de cambios se ubica en las revoluciones sociales que se han suscitado en diversas épocas, donde el empoderamiento y la emancipación femeninos comenzaron una búsqueda de igualdad.

De igual manera, es importante  observar que la evolución del ser humano y, por ende, de sus estructuras, va de la mano de la evolución cultural que se desarrolla mucho más rápido y que determina nuestra conducta de manera más evidente que la evolución biológica propia.

Así, las relaciones sexuales, matrimoniales y familiares se han modificado más en los últimos 50 años que en los tres siglos anteriores, debido, en parte, a que los cambios sociales en general y su difusión casi instantánea provocan rápidas modificaciones en los modos de convivencia de las parejas que, a su vez, instituyen otras tantas modificaciones que influyen en los comportamientos sociales.

Hoy en día, la ruptura con el modelo tradicional ha obligado al individuo y, por tanto, a la pareja y a la familia, a explorar nuevos fundamentos en esa búsqueda permanente de lo que se adapta mejor a la realidad, siempre en función de, si no la búsqueda del placer, sí la evasión de su opuesto.

Dicha tradición involucraba que, al fundar una pareja, lo “lógico” era obedecer una clara división del trabajo entre hombres y mujeres, en la que cada quien tenía un rol y desempeñaba el papel que le correspondía: mientras el hombre trabajaba y ganaba dinero, la mujer se hacía cargo de los hijos y del hogar.

Evidentemente, los cambios sociales y el potencial femenino dieron como resultado mayores derechos, mejor educación y un claro incremento de la actividad laboral para las mujeres, algo que alteraría el equilibrio hasta entonces existente entre hombres y mujeres como sistema y crearía la necesidad de una readaptación de la dinámica familiar y de pareja.

En ese sentido, Wickler y Seibt plantean que la existencia de dos sexos representa un incremento de las oportunidades para hacer frente a los cambios en las condiciones de los distintos ámbitos de la vida.

Además, el hecho de que las discrepancias entre los sexos pretendan minimizarse, reducirse y negarse lo más posible, más allá de las evidencias biológicas, constituye un síntoma social relevante en tanto que hombres y mujeres buscan reafirmarse, pero ¿en función de qué se hace actualmente?

Minimizar al otro, invadirlo o imitar sus características demuestra una falla esencial en la percepción de la realidad que, dentro de la  sociedad y en grados extremos, podría llevarse al ámbito de la psicosis al negar la propia naturaleza y la del otro, quien debiera ser nuestro complemento, pero queda excluido ante una pretendida ausencia de falta, una ilusión de completitud que no es más que el resultado de una profunda confusión en cuanto a la identificación del propio rol de género.

La mezcla e inversión de roles, o su falta de nitidez, aumenta el sentimiento de vacío y la falta de plenitud y satisfacción personal; en el caso específico de la pareja, se comienza a combatir aquello que en un principio nos atrajo del otro, lo que tiene mayores  implicaciones de lo que se comprende a primera vista.

Por ejemplo, en Tótem y Tabú, Freud concluye que la génesis de los sentimientos de culpabilidad radican en las tendencias agresivas. Al impedir la satisfacción, la agresión se vuelve hacia la persona que prohíbe tal satisfacción.

Si este postulado se traslada a la pareja, es posible suponer que una de las causas del preocupante incremento de la violencia intrafamiliar es la inversión de roles, porque si cada miembro de la pareja invade el rol del otro, se experimenta como un impedimento para el desarrollo propio y la satisfacción inherente al género, al papel natural, derivando en agresiones.

Retomando la hipótesis inicial de la evolución sociocultural de la humanidad en la que, equiparándola con la selección natural postulada por Charles Darwin, podemos hablar de una selección cultural de las transformaciones sociales donde los ideales de cada revolución social perduran sólo si demuestran ser una “ventaja para la supervivencia”. No debe olvidarse que lo que se percibe como ventaja o desventaja en ese sentido no es independiente de los valores culturales; esto implica un análisis exhaustivo a fin de prever hacia qué lugar nos llevan nuestros valores y a plantear una reestructura del rumbo en pos de una evolución sana y no destructiva. Lo ideal debe representar una ventaja de adaptación que, además del beneficio individual, conlleve un beneficio para la pareja y, en el caso de la creación de una familia, a lo que favorezca a la formación sana de los hijos.

En la medida en que hallemos un punto medio favorable, podremos sentar nuevas bases para una familia y una sociedad mejor encaminada.

Lee la versión completa de este texto aquí.

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