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La pedagogía, un camino infinito

La pedagogía, un camino infinito

Como resultado de un trabajo realizado con estudiantes de  la Licenciatura en Pedagogía de la Universidad Intercontinental, se presenta este texto que aborda ciertas consideraciones en torno a la pedagogía y a  la formación de sus profesionales.

Prof. Carlos Martínez Jardón |

Docente de tiempo completo de la Licenciatura en Pedagogía en la UIC

Al ser la pedagogía un camino infinito, cada profesional decide de qué manera transitarlo. Aunque son muchas las opciones, su andar es incierto e inacabado,  característica que se refleja en la educación como su objeto de estudio. Al mismo tiempo, permite construir y deconstruir porque todo es perfectible; la formación del ser humano lo es, y desde ahí, configura su ser y hacer.

Pensar en esta disciplina requiere sentarse y respirar profundamente, observar y detenerse en cada espacio donde los seres humanos estén presentes, donde los procesos educativos estén vivos, a fin de avanzar a través de la reflexión.

Si bien la pedagogía hace tiempo que derribó muros, los límites se le imponen desde el imaginario social —o quizá desde la poca comprensión social—. La gente ajena al campo aún ve en el pedagogo al docente, al del trabajo con infantes, al de la elaboración de manualidades y al todólogo, ya que la sociedad tiene ciertos prejuicios con las profesiones. ¿Acaso no se piensa que cualquier persona con bata blanca es un médico? A veces, así de simple es la vida.

Ante esto, los pedagogos “tenemos” que explicar qué somos capaces de hacer, ¿pero siempre será así? Esta disciplina atraviesa, desde sus orígenes, por diversas tramas respecto de su conceptualización, su objeto de estudio y la formación de sus profesionales. A continuación, se postulan algunas consideraciones que ayudan al esclarecimiento, apenas incipiente, de dichos aspectos.1

La pedagogía trabaja en el cotidiano para transformar; se aquieta para observar, pero se intranquiliza hasta promover cambios, y se delimita como un campo de significaciones que manifiestan las interpelaciones producidas por los sujetos sociales referidos a la educación, en tanto práctica productora de sentidos múltiples y diversos, que se estructuran en momentos históricos, como discursos o gérmenes de otros nuevos (Gómez Sollano, 1994: 23). En este sentido, nada le es otorgado, todo se configura, está dándose.

Los sentidos múltiples y diversos devienen de la formación, la cual, según Rafael Florez Ochoa (2005), es el eje y principio fundador de la pedagogía; la misión de la educación, que, a su vez, es el objeto de estudio de tal disciplina. De acuerdo con Yurén Camarena (2000), la formación (bildung, desde la perspectiva hegeliana) implica la enculturación; es decir, que la persona se apropie de las normas institucionales y las cumpla, así como de la cultura de su tiempo (lenguajes, saberes, usos y costumbres).

Asimismo, la formación requiere de la objetivación de la misma cultura y las órdenes sociales para crearlas, recrearlas o renovarlas (transformación de la realidad). El sujeto objetivándose se humaniza. Desde la individualidad, en palabras de Florez Ochoa (2005), el proceso de humanización caracteriza el desarrollo individual aquí y ahora, según las propias posibilidades y su potenciación como ser racional, autónomo y solidario. Aunque, por otro lado, formarse conlleva la intersubjetividad (la transformación en la interacción con el otro).

Desde esta perspectiva, la formación es un proceso constante de negación, dado que el sujeto niega la realidad para transformarla, a través de la crítica y la praxis creativa, y el educador acompaña este esfuerzo, alentándolo a la crítica, al asombro, a la duda, al debate, a la acción.

Pero ésa es sólo una cara de la moneda, existen otros aspectos de la disciplina que bien vale la pena recuperar: lo educativo y lo pedagógico. ¿La razón? Porque configuran la mirada con la que los pedagogos entran al campo, lo que les permite desentrañar la situación ante la que se encuentran, atendiendo el hecho educativo revestido de un asunto problemático o como parte de una función.

Lo educativo se refleja en la incompletud, en aquello inacabado que es parte de los sujetos, es eso lo que abre una posibilidad de educar. Desde esta perspectiva, lo fundamental es interpelar a los sujetos, para que sean capaces de pensar-se (transformar-se) en el mundo. Ellos, en su rol protagónico, construyen su relación con la realidad a partir de la problematización entre lo que conocen y lo que pueden conocer. De esta manera, lo pedagógico entra al juego de lo formativo como posibilidad de (de) construcción de la realidad, en tanto que es “una trama argumentativa y propositiva que apuesta a superar la educación existente; en ese sentido, niega, se desentiende de la práctica educativa actual; se concentra en la configuración y recomendación de medios para el logro de los proyectos innovadores; es un discurso prospectivo” (Pasillas y Furlán, 1994: 277).

Lo pedagógico y lo educativo se entretejen, van de la mano. Lo educativo es el límite de lo otro, lo pedagógico. De acuerdo con Arantxa Muñoz,2 por pedagógico se entiende que es lo teórico, mientras que por educativo se interpreta lo práctico. Esto significa que lo educativo es la acción sociocultural y lo pedagógico estudia y perfecciona la acción, de tal manera que se conectan en el trabajo de interpelación / intervención, desde las actividades hasta el contenido temático con el que se trabaja y el lenguaje que se utiliza.

Si atendemos a esto como la conceptualización de la pedagogía, así como de la formación, lo educativo y lo pedagógico, ¿qué ocurre, entonces, con la formación de los profesionales que libran grandes batallas en el campo laboral, a veces perdidas frente a quienes no son especialistas en educación?

Aprender pedagogía implica más que conocer sus teorías y corrientes, conlleva una forma de ser. Los límites se encuentran entre la “todología” que inexpertos nos endilgan y la especificidad (especialización) que los tercos se empeñan en preponderar: si no haces todo, entonces especialízate en algo. No, la pedagogía no funciona así. El pedagogo observa el entorno con ojos críticos y analíticos, es reflexivo y no impulsivo; trabaja con otras disciplinas, escucha a sus profesionales y aprende de ellos; traza el horizonte; coloca el parangón, delimita y apuntala. También propone e intenta ir un paso adelante; hace de la investigación educativa, por ejemplo, el objeto de sus ansias para explicar la realidad educativa y vive el hecho educativo en una constante trama metodológica subyugada a la investigación–acción participativa.

En el tránsito de su formación asimila que es agente de cambio porque le interesa impactar, aunque sea a través de pequeños cambios. En ese sentido, cabe destacar que cuenta con un amplio campo laboral. Se encuentra inserto en espacios de educación formal y no formal; en ámbitos diversos, como la gestión del talento, la psicopedagogía, la política educativa, la innovación curricular, la capacitación, la gestión, la asesoría a organizaciones no gubernamentales, entre otros. Al mismo tiempo, puede ser estratega e intervenir en cualquier problemática educativa y trabajar con nuevos paradigmas que tengan un impacto significativo en la sociedad, con el objetivo de brindar propuestas de cambio en diferentes campos de acción.

A lo largo de su formación, el pedagogo vive un proceso identitario constante, cuya principal interrogante gira en torno a qué hará; sin embargo, también se pregunta quién es. La diferencia entre una y otra es que la primera conduce al camino del oficio, del “hacer”; mientras que la segunda guía hacia la vocación, el ser, eso que el estudio de la pedagogía brinda.

Si no se construye el sentido disciplinar durante la formación, es muy probable que se afecte la identidad. Entonces, es necesario un enfoque que deconstruya el mito de la pedagogía acabada. Se debe ayudar a quien aprende a tener una mirada desde su construcción propia. Si el estudiantado estructura su propio concepto de pedagogía y cómo este le servirá para que intervenga en las diferentes problemáticas, se habrá alcanzado el objetivo principal. Al respecto, Carolina González señala que “Un pedagogo es formado para adquirir y lograr un pensamiento crítico y reflexivo ante cualquier situación, propuesta o problemática educativa; cada labor o acción que realiza está fundamentada por su acervo teórico y es capaz de innovar estrategias de intervención para mejorar todo proceso de enseñanza”.

Un profesional de la pedagogía es capaz de romper esquemas para mejorar la vida de una persona (infante, joven, adulto), y recurriendo a la teoría y a la práctica, opta por descubrir, pues la pedagogía obliga a tener una mente abierta y a ir más allá de lo establecido. Para Priscila Morán, “La pedagogía aprovecha mucho su energía en dar valor y en que se reconozca la importancia de la educación. Edifica propuestas educativas sobre los escombros de la experiencia que muchas veces es criticada o destruida”.

Como conclusión, más allá de lo que se enseña y se aprende en la universidad, en las venas se lleva la fascinación por desentrañar qué más se puede hacer por la educación. ¿Es posible ser tan “romántico” para pensar que la pedagogía es un modo de vida? Porque, sin duda, es algo que se vive todos los días, a toda hora y en cualquier lugar; se trata de un aprendizaje constante, de un camino infinito.

 

Referencias

  • Florez Ochoa, R. (2005), Pedagogía del conocimiento, México, McGraw Hill.
  • Gómez Sollano, M. (1994), La pedagogía como disciplina. Reflexiones acerca de la especificidad del discurso pedagógicos como campo problemático, en Memoria del Coloquio, La pedagogía hoy, México, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.
  • González Delgado, M. (2008), La ilegibilidad de lo pedagógico. Entre la escritura y el texto al decir y pensar el acto pedagógico, material de apoyo para la asignatura de Formación y Práctica Profesional de la Licenciatura en Pedagogía, UNAM, FES Acatlán.
  • Pasillas, M. y Furlán, A. (1994), Dos miradas a la pedagogía como intervención, pp. 273–289, en Memoria del Coloquio La pedagogía hoy. México, Facultad de filosofía y letras, UNAM.
  • Yurén Camarena, Ma. (2000), Formación, eticidad y relación pedagógica. En Formación y puesta a distancia. Su dimensión ética, México, Paidós, pp. 27-41.

[1] Es posible tomar este escrito con sus reservas teóricas, ya que cada profesional de la pedagogía construye su concepción de ella y es capaz de usar con sus referentes propios la jerga pedagógica.

[2] En el texto aparecen citas de las alumnas Arantxa Muñoz, Carolina González y Priscila Morán, extraídas de trabajos realizados durante el Seminario de Investigación II, sobre la revisión del texto de Micaela González Delgado.

 

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