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Escrito por: Emmanuel

febrero 8, 2018

De Paco Perico a La leyenda de la llorona, El chavo animado o los Huevocartoon, la industria de la animación en México mexicana vive un buen momento. Aquí te mostramos un breviario de la historia de este arte.

 

Por Rafael F. García Villegas |
Catedrático de la Licenciatura en Comunicación

 

Recordar a Paco Perico es síntoma de buena memoria, pero también una excelente herramienta para determinar su edad, pues ése fue el nombre de uno de los primeros personajes animados creados en México; nació de la inspiración de Alfonso Vergara Andrade, el pionero de esta industria, cuando corrían los treinta del siglo XX.

El descubrimiento del principio de persistencia de la visión fue anterior al desarrollo del cinematoscopio, por lo que, al referirnos a animación, estamos hablando de una historia que nos remite a finales del siglo XIX, con inventos como el praxinoscopio de Reynaud, que décadas más tarde y sumado al proyecto de los Lumière hace nacer la magia… los también franceses, Émile Cohl y George Méliès, fueron de los primeros en apostar por esta nueva forma de entretenimiento.

Cuenta la leyenda que en agosto de 1907 se proyectó por primera vez un dibujo animado en nuestro país. Personajes extranjeros como Mickey Mouse o Félix el gato comenzaron a poblar el imaginario de los asistentes a las improvisadas salas de proyección.

Hay varias teorías sobre los pininos animados en México, que manejan nombres como el de Juan Athernack, monero de varios periódicos y quien realizó una secuencia publicitaria para el diario Excélsior en 1919. Otros señalan que en 1927 fue el cinefotógrafo Miguel Acosta quien empezó a hacer cortometrajes animados; o que Salvador Pruneda, caricaturista, fue quien, tras formar parte de las filas de los estudios Disney, regresó para dar vida a su tira cómica Don Catarino.

No obstante, no es sino hasta 1936, cuando aparece en escena el nombre del médico otorrinolaringólogo Alfonso Vergara Andrade, también precursor del revelado fotográfico, quien reunió a un equipo especializado para animar a Paco Perico y después una serie de cortometrajes publicitarios.

Sería aventurado querer mencionar todas las producciones y personajes surgidos por lo menos durante las tres décadas siguientes. Lo que sí es menester evocar es que para los setenta y ochenta, la industria nacional encontró un fuerte impulso, el cual se ve reflejado en cintas como Los supersabios, Katy la oruga o Las aventuras de Oliver Twist de Fernando Ruiz. Pero los años posteriores serían hasta cierto punto oscuros para nuestros animadores, con sus excepcionales destellos, como El héroe, cortometraje animado de Carlos Carrera, que en 1994 le valiera la Palma de Oro en el Festival de Cannes.

Uno de los principales problemas en México para este sector productivo es, sin duda, el financiamiento; no existen inversiones de riesgo, pues se sabe que no son productos que puedan recuadrar mucho dinero, sobre todo, considerando que, a diferencia de las películas de las grandes trasnacionales, tampoco existe una parafernalia alrededor de los personajes que pueda representar otro ingreso. Sin embargo, no es imposible hacer rentable esta rama, como podemos ver con el trabajo de Ánima Estudios, que consiguió los derechos para llevar a la pantalla grande el clásico de Hanna Barbera Don gato y su pandilla, o trabajos como El libro de la vida de Jorge Gutiérrez, que, aunque con inversión estadounidense, tiene talento nacional y el respaldo de una figura como Guillermo del Toro.

El imaginario, sumado a las aptitudes y actitudes de guionistas, ilustradores, técnicos y músicos para crear estos mundos fantásticos, hace que el futuro se vea muy animado… para seguir dibujando nuestras fantasías, sin importar nuestra edad.

 

Hay varias teorías sobre los pininos animados en México, que manejan nombres como el de Juan Athernack, monero de varios periódicos y quien realizó una secuencia publicitaria para el diario Excélsior en 1919. Otros señalan que en 1927 fue el cinefotógrafo Miguel Acosta quien empezó a hacer cortometrajes animados; o que Salvador Pruneda, caricaturista, fue quien, tras formar parte de las filas de los estudios Disney, regresó para dar vida a su tira cómica” Don Catarino”.

 

No obstante, no es sino hasta 1936, cuando aparece en escena el nombre del médico otorrinolaringólogo Alfonso Vergara Andrade, también precursor del revelado fotográfico, quien reunió a un equipo especializado para animar a “Paco Perico” y después una serie de cortometrajes publicitarios.

 

Sería aventurado querer mencionar todas las producciones y personajes surgidos por lo menos durante las tres décadas siguientes. Lo que sí es menester evocar es que para los setenta y ochenta, la industria nacional encontró un fuerte impulso, el cual se ve reflejado en cintas como “Los supersabios”, “Katy la oruga” o “Las aventuras de Oliver Twist” de Fernando Ruiz. Pero los años posteriores serían hasta cierto punto oscuros para nuestros animadores, con sus excepcionales destellos como “El héroe”, cortometraje animado de Carlos Carrera, que en 1994 le valiera la Palma de Oro en el Festival de Cannes.

 

Uno de los principales problemas en México para este sector productivo es, sin duda, el financiamiento; no existen inversiones de riesgo, pues se sabe que no son productos que puedan recuadrar mucho dinero, sobre todo, considerando que, a diferencia de las películas de las grandes trasnacionales, tampoco existe una parafernalia alrededor de los personajes que pueda representar otro ingreso. Sin embargo, no es imposible hacer rentable esta rama, como podemos ver con el trabajo de “Anima Estudios”, que consiguió los derechos para llevar a la pantalla grande el clásico de Hanna Barbera “Don gato y su pandilla”, o trabajos como “El libro de la vida” de Jorge Gutiérrez, que, aunque con inversión estadounidense, tiene talento nacional y el respaldo de una figura como Guillermo del Toro.

 

El imaginario, sumado a las aptitudes y actitudes de guionistas, ilustradores, técnicos y músicos para crear estos mundos fantásticos, hace que el futuro se vea muy animado… para seguir dibujando nuestras fantasías, sin importar nuestra edad.