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Escrito por: Angélica Monroy

agosto 18, 2016

Todo mundo tiene una filosofía de la vida. Desde pequeños, formulamos múltiples preguntas acerca de muy diferentes cuestiones, lo que muestra con claridad que todos poseemos un deseo natural de saber, de investigar sobre los enigmas del mundo y resolver las grandes cuestiones que nos inquietan día a día.

Para la mayoría de las personas, la experiencia es la gran maestra en estos quehaceres; no obstante, en algún punto del camino, algunos sienten con fuerza la necesidad de hacer una pausa, de serenar la mente y dedicar un tiempo a la reflexión sistemática, a pensar con detenimiento sobre el sentido de la existencia y a tomar las decisiones necesarias para conducir sus acciones de manera que los acerquen cada vez más a lo que desean, a lo que piensan que les dará la felicidad. En una palabra, experimentan la necesidad de conocer y desarrollar metódicamente el arte de vivir.

Para algunas personas, la filosofía tiene una cara amenazadora y conlleva la fama de ser un estudio aburrido o incomprensible; incluso, en plan de broma, se ha definido como “la ciencia con la cual, por la cual y sin la cual, te quedas tal cual”. Algo de cierto hay, pues el aprendizaje y la práctica filosófica requieren disciplina, constancia y reflexión y no podía ser de otra forma. Las preguntas que se formula no son fáciles y las respuestas que busca tampoco lo son; por tanto, es necesario desarrollar el hábito de la lectura atenta, la práctica de la escritura académica, la mirada crítica para analizar los textos y el orden y la agudeza mental para exponer los pensamientos de manera clara y con fundamento. Alguien ha dicho, en plan de menos broma, que “no hace filosofía el que quiere, sino el que puede”.

Sobre todas las cosas, lo realmente indispensable para obtener éxito en la aventura filosófica es conservar una gran curiosidad y mantener intacta la capacidad de asombro y el deseo de saber; en resumen, no se requiere nada que la propia naturaleza no se haya encargado de proveernos de manera suficiente. La filosofía no es una actividad de genios o de individuos dotados de habilidades especiales; no es un patrimonio de clases sociales; no es cuestión de sexo o de creencia religiosa, ni siquiera es un asunto de coeficiente intelectual. Por el contrario, es una expresión libre de personas inquietas, entusiastas y amantes de nuevos horizontes, de seres humanos de espíritu joven que no se conforman con lo establecido y aceptan el desafío de pensar, de ir más allá de los estándares sociales que limitan a la mayoría de la gente y de arriesgarse a vivir en plenitud y de acuerdo con su estilo personal.

Así, cada vez que alguien se detiene un momento a pensar y se formula preguntas como ¿qué es lo correcto en esta situación?, ¿por qué a algunas personas les va bien y a otras parece que todo les sale mal?, ¿hay algo después de la muerte?, ¿tiene sentido la honestidad en un mundo corrupto? y otras tantas parecidas; si alguien ha sentido la inquietud de investigar sobre el sentido de su vida; si le preocupa la situación del país y se pregunta si es posible un cambio; entonces, sin duda alguna se puede afirmar que es un filósofo, pues tiene la semilla de la curiosidad por desentrañar el sentido de la existencia y ha empezado a comprender en su propia experiencia el significado de la frase de José Ortega y Gasset: “la filosofía es una cosa… inevitable”.

Si además se trata de un joven que está terminando la preparatoria y se encuentra en ese momento de la vida en que las grandes cuestiones se resumen en la pregunta ¿qué carrera estudiar?, entonces, definitivamente,  la filosofía tiene una palabra importante qué decir y es probable que sea lo que está buscando.

La actitud filosófica que ya se posee plantea la invitación a pensar las cosas detenidamente. Elegir una profesión es un asunto que vale la pena meditar con calma y decidir hasta contar con los elementos suficientes, pues no sólo involucra el tema del trabajo que podrá encontrarse más adelante sino, ante todo, tiene que ver con los pasos que empiezan a darse, desde este momento, para poner la vida en las propias manos y encargarse por uno mismo del asunto más importante de todos: la propia felicidad.

He aquí el asunto principal del que tratan todos los sistemas filosóficos y las teorías que han surgido en el horizonte del pensamiento humano desde hace miles de años y que se enseñan en las aulas de la universidad. Buda dijo: “Los carpinteros dan forma a la madera; los flecheros dan forma a las flechas; los sabios se dan forma a sí mismos”; esta afirmación sigue siendo tan verdadera e inspiradora hoy como hace 25 siglos: en el fondo, de lo que se trata al estudiar Filosofía, es de aprender el arte de vivir y, por supuesto, hablando del asunto profesional, de desarrollar la creatividad necesaria para convertirlo en la propia oportunidad de trabajo.

Las cosas se ponen interesantes y algo complicadas: si un joven ha sentido la inquietud filosófica y la ha manifestado a sus papás o a sus amigos, existe una posibilidad muy alta de haber encontrado caras largas, ceños fruncidos, y recibir en respuesta frases como “estudia algo que deje dinero” o, de manera más cruda, “de filósofo o filósofa, te vas a morir de hambre”. De este modo, para el proceso de decisión que comentamos, resulta esencial saber con claridad en qué ámbitos del mercado laboral puede desempeñarse un egresado de filosofía.

La opción más conocida y clásicamente desempeñada por los nuevos filósofos es la práctica de la docencia. Esto no es casual y conviene decir unas palabras acerca de ello, pues hay personas que tienen la idea negativa de que un graduado en esta disciplina debe dedicarse a dar clases porque “no le queda de otra”, como si ocuparse en la enseñanza fuera la última salida ante la carencia de mejores oportunidades de trabajo. No es así; por el contrario, el vínculo entre la filosofía y la educación es, tanto histórica como esencialmente, natural y digno de resaltarse.

Platón lo ha ejemplificado con su célebre alegoría de la caverna, en la que nos invita a imaginar la situación de unos hombres, prisioneros desde niños en una obscura cueva. Sólo pueden ver las sombras proyectadas por una fogata en una pared que, a manera de pantalla, les permite contemplar únicamente las siluetas de las personas que transitan por un camino cercano, cargando diversas mercancías. Los cautivos escuchan sus voces, pero no pueden voltear a ver quiénes las emiten, pues están inmovilizados, de manera que creen que provienen de las sombras.

Si uno de ellos fuera repentinamente liberado y se le obligara a voltear y caminar hacia la entrada de la cueva, la luz heriría sus ojos y sería incapaz de observar los objetos auténticos, que ahora estarían frente a su mirada. Más aún, si se le forzara a arrastrarse fuera de la caverna y fijar la vista en la luz del sol, el resplandor sería tan intenso que no podría ver nada en absoluto y tal vez pensaría por un instante en regresar a la seguridad de las tinieblas conocidas. Sin embargo, al acostumbrarse a la claridad, al contemplar los objetos poco a poco y, finalmente, al observar directamente la luz que los hace visibles, comprendería por fin la verdad de las cosas.

En este punto del relato, Platón nos transmite su certeza de que aquel hombre, en medio de la felicidad que experimenta por sentirse liberado y disfrutar del gozo del conocimiento, pensaría con nostalgia en sus compañeros de cautiverio. Éste es el elemento central de la narración y nos anuncia con fuerza la convicción de que la alegría que produce saber algo nuevo va acompañada de modo necesario por el deseo de comunicarlo.

Emilio Lledó señala que la solidaridad es un destino implícito en la esencia misma de la vida intelectual, de tal manera que, si bien el regreso del prisionero al sitio de su cautiverio es más doloroso todavía que el proceso de su liberación, decide emprender el viaje de retorno, consciente de que sólo la conciencia colectiva puede darle realidad y sentido legítimo a lo contemplado.

El amor a la sabiduría no puede nunca desconectarse del interés genuino por los semejantes y considerarse como complacencia solitaria en la propia ciencia; al contrario, es conocimiento práctico y comprometido. Éste es el sentido fundamental de la filosofía como arte de vivir y tal es su nexo indisoluble con la enseñanza. Por ello, como desde los propios tiempos de Platón, el aula de clases sigue siendo, un espacio privilegiado para el ejercicio de la profesión y una oportunidad incomparable para la formación de conciencias despiertas y críticas; misión, por cierto, que resulta más que prioritaria en el momento presente que vive nuestro país.

La realidad de las condiciones mexicanas actuales nos obliga a no desentendernos de la parte de verdad que conlleva la noticia de que filosofía y docencia forman la pareja perfecta, pues están incluidas entre las profesiones peores pagadas de nuestro escenario laboral. Estas listas, difundidas por diversos medios impresos y digitales, parecen brindar evidencias al referido reproche familiar de que con esta carrera “no vas a vivir”.

Esta advertencia encierra una falacia y expone un punto de vista acerca de la actividad filosófica por completo limitado, pues supone que la impartición de clases es la única actividad que puede desempeñar un egresado; nada más opuesto a la realidad. Que la docencia sea una vertiente natural de esta carrera no significa que sea exclusiva, y para gran cantidad de filósofos ni siquiera es la que representa en la práctica la principal fuente de sus ingresos económicos.

Ése es, precisamente, uno de los grandes atractivos que hoy encierra la filosofía como opción profesional. Representa una de las carreras que más y mejor sirven para abrir y diversificar el panorama laboral; además, permiten que la elección no dependa sólo de la oferta de las bolsas de trabajo o del periódico, sino del propio interés, de los gustos personales y de las habilidades que quieran desarrollarse.

En una próxima entrega, dedicaré unas líneas a exponer las actividades que hoy desempeñan los filósofos en nuestro país, y los espacios de trabajo que han encontrado e inventado con su esfuerzo y creatividad. No ha sido una tarea sencilla, pero ante un panorama de crisis, de falta de empleos y de malas noticias, como el que presenciamos ahora en México, la Filosofía puede erigirse como una alternativa esperanzadora para quien siente la inquietud de las grandes cuestiones y está dispuesto a hacer lo necesario para responder al desafío lanzado por el poeta Horacio y popularizado por Emmanuel Kant: Sapere aude, ¡atrévete a saber!

 

Para el lector interesado:

Aristóteles, Metafísica, Madrid, Gredos, 1994.

Emilio Lledó, La felicidad del saber y la solidaridad en el mito de la caverna [en línea], s.l., 2004. Disponible en http://dolphin.blogia.com/2004/100801-la-felicidad-del-saber-y-la-solidaridad-en-el-mito-de-la-caverna.php

Emmanuel Kant, ¿Qué es la ilustración?, Madrid, Alianza editorial, 2004.

Fernando Savater, Ética para Amador, México, Ariel, 1991.

José Ortega y Gasset, ¿Qué es filosofía?, Madrid, Alianza, 1992.

Lou Marinoff, Más Platón y menos Prozac, Barcelona, Ediciones B, 2010.

Platón, La Republica, en Diálogos, v. 4, Madrid, Gredos, 2003.

* Las opiniones vertidas en las notas son responsabilidad de los autores y no reflejan una postura institucional