A 31 años de la fundación de nuestra Universidad, conviene recordar los rasgos que nos definen y distinguen del conjunto de ofertas culturales y educativas que suscitan la dinámica social de nuestro México; conviene hacerlo no como estrategia de mercado ni como escrupuloso afán de autenticidad, sino ante todo, como indispensable acceso a nuestras carencias y posibilidades, como contacto con lo que somos y como ocasión de ejercicio pleno y gozoso de nuestra vocación universitaria.
Principios Rectores
Desde su fundación, la Universidad Intercontinental ha aspirado a la excelencia académica, el compromiso social y la opción por el Evangelio, como a su razón de ser en el servicio educativo que ofrece. Por ello, al paso de los años y sus diferentes contextos, ha confirmado el mismo ideario con tres principios rectores. A saber:
Alto Nivel Académico
Ante todo, definamos cuál es concretamente el propósito de que un individuo o comunidad reciban educación. El individuo o comunidad pasan por un complejo proceso psicosocial que tiene por objeto perfeccionar al ser humano en todas sus dimensiones y aspectos, tanto físicos, psicológicos, intelectuales, morales, sociales, religiosos, desarrollando en él una infraestructura de conocimientos, destrezas y hábitos mentales y morales que le permitan enfrentar con rectitud e inteligencia el mundo físico y social que le rodea y asimilar creativamente el universo de los valores.
De este modo, resulta la definición de educación como un "proceso de comunicación y asimilación sistemática y crítica de la cultura, para la formación integral de la persona humana". Así la educación no debe limitarse a transmitir e interiorizar pasivamente los contenidos culturales, sino que, además, tiene que comunicarlos en forma sistemática y asimilarlos críticamente, para que el educando los reconstruya y se apropie de ellos inteligente y creativamente.
Entonces, la educación se refiere a un proceso de racionalización del mundo, en el cual se ofrecen las bases teóricas para concebir un modelo de sociedad en el que todos los ciudadanos tengan participación; además, es un proceso que contribuye activamente a la búsqueda de la verdad científica y de los instrumentos adecuados para intervenir en la realidad y acercarla a la realización de ese modelo. Así, en este acercamiento a la educación, podemos afirmar que la adquisición del saber es indisociable de la formación del espíritu, ya que de una manera inteligente y responsable, el hombre crea, en comunidad con otros y a través de su actividad, una historia tendiente a liberar cada vez más los valores personales y comunitarios; y busca tomar conciencia de su sentido en el mundo y de la meta final de su historia, tratando de interpretar, desde diversas perspectivas, el sentido de la realidad.
El "alto nivel académico" corresponde necesariamente a la naturaleza misma de la educación superior; y, lejos de expresarse en una especialización profesional que fragmente la realidad y parcialice las posibilidades del conocimiento, ha de tender a una formación plural y orgánica en la que el cultivo de las habilidades de investigación sea la respuesta indicada a una ciencia, una técnica, y un México en permanente transformación. Sólo formado en el hábito de la investigación, el individuo es capaz de renovar sus conocimientos en actitud permeable a los retos sociales y a la naturaleza; sólo así sus aportes a la comunidad dejarán de ser propuestas de escritorio y pasarán a ser conclusión de la dialéctica entre la teorización y la experiencia. Esta habilidad, como destreza básica del alto nivel académico, nos pone en los límites del siguiente principio; pues "una docencia auténtica debe ser, o al menos puede ser, una proyección social". Por un lado, debe asegurar el trabajo científico en las labores de docencia e investigación a través de equipos, laboratorios, biblioteca y otros elementos de carácter mobiliario o inmobiliario; por otro debe procurar seriamente el mejoramiento académico, dando lugar a una dedicación de tiempo completo de la mayoría de los profesores, hombres y mujeres de alta capacidad científica para reforzar los campos de investigación y estudio, al tiempo que se cuida de irradiar los conocimientos adquiridos.
Inspiración Cristiana
Lo específicamente original de la Universidad Intercontinental es la inspiración cristiana, que lleva a su plenitud la integración de inteligencia y carácter en todos los miembros de la comunidad. Lo "cristiano" de la Universidad no puede reducirse a un mero adjetivo, a algo yuxtapuesto, a cursos de cultura humanista-cristiana desarticulados de las carreras que los estudiantes siguen; lo cristiano de la Universidad Intercontinental ha de ser su inspiración, su alma.
No se trata tampoco de "cristianizar" la ciencia o la técnica que se investiga y enseña en la Universidad, pues ello sería traicionar la autonomía de lo temporal y, por lo mismo, desvirtuar la esencia de la Universidad; ésta debe asegurar un diálogo institucionalizado entre las ciencias, las técnicas y las artes, por una parte, y la filosofía y la teología por otra.
Es fundamental que la Universidad Intercontinental, como universidad cristiana, sobresalga no sólo por su nivel científico y teológico sino por su espíritu de diálogo, de libertad, de respeto a la persona humana, de compromiso con la sociedad valientemente asumido; en una palabra, por un espíritu auténticamente universitario. Debemos asumir una actitud de revisión permanente que en las actuales circunstancias significa un esfuerzo bien definido e inmediato de calidad.
Si la Universidad es diálogo institucionalizado; entonces debe vincularse y comprometerse, por encima de presiones y de halagos, con el momento histórico de nuestra sociedad.
En todas estas situaciones el ejemplo a seguir lo tenemos en Jesús, el Cristo, Señor de la Historia, en sus palabras y en sus hechos, mediatizados por la reflexión teológica y el magisterio de la Iglesia.
Orientación Social
Nuestra época, se caracteriza por una gran explosión del conocimiento, y por las enormes posibilidades de comunicación y aplicación de éste; así como por el uso más eficiente de los factores de producción y un gran desarrollo del comercio y de la integración regional que conduce a la conformación de bloques de naciones, y al progreso sostenido de la ciencia y de la tecnología. Estas son las tendencias de un extremo del mundo: el de los países ricos; en el otro extremo, el de los países de la periferia, si bien hay sectores que comparten las características del primer mundo, la mayoría de su población padece de desnutrición, de desempleo; carece de los servicios básicos y tiene pocas posibilidades de alcanzar un buen nivel de educación. En todo caso, y por sobre las diferencias, el denominador común es el olvido del ser humano y su dignidad, con la serie de conflictos, frustraciones e injusticias, que esto genera.
La vida colectiva se ha vuelto más compleja y la sociedad requiere respuestas a la inestabilidad producida por la destrucción del ecosistema; a la frustración provocada por un modelo de desarrollo que olvida a las personas; a la injusticia que padecen las mayorías; a la falta de solidaridad que el sistema produce; a la violencia entre los individuos y entre los pueblos; a la falta de oportunidades para participar en la construcción de un mundo más justo y más humano. Es por esto mismo urgente, promover e instaurar una cultura de la responsabilidad personal y social que promueva la participación activa de los estudiantes en todo aquello que ad intra y ad extra de la Universidad demande una respuesta de la comunidad con miras al bienestar y la equidad social; es pues necesario, promover una cultura de la democracia y los derechos humanos. Dos valores torales que se alcanzarán no tanto por la inclusión de materias afines en los currícula como por la instauración de mecanismos de participación y pluralidad en todos los ámbitos de la vida universitaria, pasando tanto por lo administrativo como por lo académico.
De esta manera, sus conocimientos, razón y participación en la construcción del mundo se enlazan. En este ámbito la Universidad tiene un papel determinado y determinante, de acuerdo con sus funciones que son: buscar la verdad, defender la autonomía de la ciencia y buscar sus aplicaciones para generar un pensamiento que permita organizar a la sociedad.